Monterrey me pareció una nueva Babilonia | César Salinas

Pasajes sobre la imagen industrial de Monterrey  

César Salinas/CIEN/Monterrey

Las personas acostumbran tener un concepto específico de su entorno y de los lugares que visitan. Cada espacio físico se asocia no solamente a lo que se percibe con los sentidos (lo que se ve, se escucha, etc.), sino con la interpretación y el significado que cada uno le da a dicho sitio según el contexto histórico, político, social, cultural y económico del observante y del objeto observado.

La mayoría de las percepciones individuales son socializadas, es decir, compartidas con otras personas a través de pláticas o crónicas escritas. Con el tiempo, los paisajes que son coincidentes en más de un individuo se generalizan, formando parte de la identidad de una sociedad. En el caso de Monterrey, a partir de 1880 el territorio adquirió una imagen urbana esencialmente ligada a la industria y al trabajo.

La instalación de fábricas en el territorio cambió la apariencia del espacio, provocando que la sociedad se viera imbuida en una dinámica de crecimiento, la cual fue interpretada por propios y extraños con discursos de orgullo y regionalismo. A continuación exponemos algunos extractos escritos por viajeros e intelectuales que contribuyeron a crear y difundir el paisaje industrial de Monterrey.

Enrique Gorostieta, 1896 [1]

[L]os primitivos pobladores cambiaron pronto la espada por la reja; el hierro que mata por el hierro que fecunda y se dedicaron tranquilamente, aunando sus esfuerzos, a la producción de la riqueza […]. Aquí donde no existen almenadas torres ni góticos castillos, sino ingenios, talleres y fábricas. ¿Por qué, pues, el pueblo que hace tres siglos era menos numeroso que una de sus escuelas de ahora, no ha de llegar en su día al apogeo de poder y de gloria que ofrecen su carácter y sus antecedentes?

Nemesio García Naranjo, 1897 [2]

Me pareció que las chimeneas eran incontables, y la fantasía amplificó el cuadro que tenía ante mis ojos. Y Monterrey me pareció una nueva Babilonia.

Adolfo Dollero, 1910 [3]

En Monterrey por lo general todos visten de una manera decente: el obrero y el artesano demuestran bienestar y tienen un aspecto de dignidad y de decoro personal, dignos de nota […], el obrero de Monterrey no solo viste mejor, sino que se alimenta mejor, se emborracha rarísimas veces, y sabe cumplir con sus deberes y con las obligaciones que contrae.

Ricardo Arenales, 1919 [4]

¡Qué desear para ti, gran ciudad, sino que te descubras a ti misma, y te levantes aún más que tus desnudas montañas, y te hagas universal, y te hagas eterna! Tus ojos pueden desgarrar la neblina del tiempo. Es hora […]. Siempre adelante, fuerza viva, milagro de claridad, atalaya del alma latina, que resistir puedes las más duras borrascas del Norte. ¡Oh, mi ciudad-símbolo!

Ricardo Elizondo, 1930 [5]

Económicamente Monterrey era sólido, su imagen nacional de pujanza, pero íntimamente seguía siendo provincia feliz de suaves noches. Pueblo grandote, achaparrado, de calles estrechas y zonas de comercio donde todo había y de todo se encontraba, como en bazar. A mediados de esa decena un aire de bonanza se siente en la ciudad. Viejas áreas suburbanas son las nuevas áreas habitacionales.

El usado cordón paralelo de hierro-tranvía de mulas, es arrancado junto con las baldosas negras en las canteras del Topo Grande, en su lugar el concreto y el asfalto uniformaron las calles. Monterrey creció y se subió a las lomas del sur y derramó caseríos, negocios y empresas por las llanuras del norte. Y en un universo de productos de fluir constante, como el tiempo, como el palpitar del corazón, surgen el cemento y el ladrillo y la pintura, y tubos y harinas y telas, vidrios, peltres y focos. La ciudad se convirtió en máquina certera, la ciudad y jamás se detendría.

Graham Green, 1930 [6]

Llegar a Monterrey era como regresar instantáneamente a Texas, del otro lado de la frontera […]. El hotel era norteamericano, las habitaciones eran norteamericanas; uno se sentía menos extranjero que en San Antonio. Era una ciudad de lujo, preparada para recibir a los norteamericanos que se dirigen a la ciudad de México.

Robert Hugh, 1949 [7]

Monterrey es muy similar a una ciudad americana, de hecho en todo el trayecto por esta espléndida carretera el camión era el único toque realmente mexicano, parecíamos estar en los Estados Unidos. Nuestro hotel en Monterrey no podía haber sido más lujoso, y podía haber estado en Nueva York, y la misma sensación tenía de sus calles. Su bullicio y movimiento eran completamente extranjeros a los de México, el verdadero México del sur.

Kirk Marett, 1942 [8]

Monterrey es en importancia el segundo centro industrial de México, y fuera de aquí en la pare alta y baja están muy bien enterados de esto. El chofer del primer taxi que tomamos no perdió tiempo en decirnos –en inglés americano- la cantidad de fábricas que existían en este Birmingham mexicano y cuán pronto Monterrey sería la ciudad más importante de la República. Monterrey zumbaba como una colmena gigantesca bajo la presión de su frenética industria.

Alfonso Reyes, 1942 [9]

El regiomontano, cuando no es hombre de saber, es hombre de sabiduría. Sin asomo de burla pudiera afirmarse que es un héroe en mangas de camisa, un paladín en blusa de obrero, un filósofo sin saberlo, un gran mexicano sin posturas estudiadas para el monumento, y hasta creo que un hombre feliz.

 Mauricio Magdaleno, 1943 [10]

Los hijos de Monterrey reconocen un culto que es el único, en la historia, que cifra jerarquía perdurable: el del trabajo. México todo, por sus cuatro rumbos cardinales, tiene en Monterrey ejemplo saludable, Monterrey es el conglomerado humano que prueba más eficazmente la realidad de las virtudes del mexicano. Ciudades como Monterrey, serán las que en el futuro resuelvan sin asperezas los complicados capítulos del problema social de nuestros días, porque la riqueza fundada en el trabajo es bien de todos.

Enorgullece el ejemplo de Monterrey, por tratarse de gente de la más pura cepa mexicana. No podrá decir ningún desencantado que el mexicano es inepto para crear civilización, industria y tesón disciplinado, porque allí está Monterrey para demostrarlo […]. Frecuentemente el zafio se refiere a Monterrey como a un lugar donde lo mexicano ha extinguido el calor de su tradición. Los puristas de la miseria, el pulque y la mugre, se figuran que allí donde reinan la limpieza, la prosperidad, el trabajo y la disciplina, se han perdido esenciales acentos nacionales.

José Vasconcelos, 1943 [11]

En primer lugar, Monterrey es México, muy mexicano, sólo que no es mexicano a la antigua; por encima de la casta del usurero que va a la iglesia y esconde el capital procedente de explotar el latifundio. Monterrey es mexicano en el grado en que México se está haciendo pueblo moderno y próspero. ¡Grado bien reducido el de nuestro desarrollo, pero al fin, es Monterrey la ciudad que representa con más realidad ese tipo limitado de nuestro progreso industrial! […]. Dentro de nuestro territorio, es Monterrey el ejemplo de nuestra capacidad de consumar el tránsito de la agricultura feudal a la industrialización. De suerte que es el perfil del México futuro lo que se está conformando en Monterrey.

Hasta la fecha ha sido el sur de México el productor del talento nacional en artistas, escritores y profesionales […]. De suerte que pronto veremos en la República no sólo el espíritu de empresa; también el talento para las artes, las profesiones, se manifestará en Monterrey. Monterrey, que antiguamente no llegaba ni a provincia, disfruta, en cambio, del brío de la novedad y la creación […]. Se ha hecho solo, se ha hecho pronto. ¡Con vigor que no esconde cierta barbarie y que por eso mismo promete darnos algo que no sea repetición, sino creación y renovación de lo mexicano!

Raúl Roa, 1955 [12]

En los suburbios, el humo de las fábricas – “incienso del trabajo”- ascendía en morosos arabescos. Dos cerros grisáceos, el de la Silla y el de la Mitra, empinados contrafuertes de la Sierra Madre, montaban la centinela en el abra estrecha del inmenso valle. La gente de Monterrey… no obstante su sutil tristeza, es, por lo común, enteriza, locuaz y expansiva. Si la montaña inhibe, encaracola y confina, el desierto es como el mar: incita a salirse de sí y a volcarse al mundo.

Raúl Rangel Frías, 1946 [13]

Nada más mexicano que el ranchero de la frontera, cuyo tipo físico y psicológico quedó sellado en el siglo XIX. Se asemeja, aunque menos vistoso, al charro del Bajío; la pobreza de su indumentaria se realza con la talla vigorosa y flexible del jinete; su coraje y nobleza están influidos del trato con el ganado; es sobrio como la tierra y ha acomodado su vida a los riesgos de la escaramuza con el salvaje, los bandoleros o los fiscales, que acechan el botín, asaltan la diligencia o celan el contrabando.

José Alvarado, 1956 [14]

Monterrey es ahora una ciudad adolescente. Ha dejado, por ventura, de ser aquella niña, un poco asustada, engreída con sus juguetes desproporcionados […]. Ahora, como adolescente, sueña […]. Un grupo de muchachos puros, rebeldes y desesperados, con el difícil pecado de la inteligencia a cuestas, combaten con la lealtad, el provincialismo y la torpeza […] y todo un racimo de muchachas florece cada noche, cada tarde, en todos los jardines de Monterrey.

Adolescente ciudad a quien brillan las pupilas, resplandece un busto fragante y ondula al viento su cabellera de acero, vidrio y crítica; despierta a todos los temblores del mundo y con un alma mexicanísima frente al viejo Cerro de la Silla, que sigue dando su imponderable lección de sobriedad […] ¿Por qué algunos regiomontanos de la época niña de la ciudad no habrán aprendido esa lección del Cerro, severo, grande, bello y sobrio?

Mariano Salas Picón, 1949 [15]

Las miles seiscientas fábricas y talleres de Monterrey, el tesón de sus gentes y el orgullo con que cuentan la aventura que ganaron al desierto, me parecen uno de los signos más optimistas de México.

Manuel González Gómez, 1955 [16]

Y es esta nuestra característica distintiva. El regiomontano se enfrente a la vida con un temple de ánimo actual, ve los problemas, sean del orden que se quiera, desde un punto de vista contemporáneo. Es en esto profundamente distinto al resto de las provincias mexicanas, que parecen deslizarse ensoñadoramente por la existencia vuelta la cara hacia usos y costumbres del siglo pasado. Lo anterior, unido a nuestra ahora insignificante participación en la vida nacional, parece destinar a Monterrey a dar una nueva y vigorosa expresión de lo mexicano.

Guillermo Díaz-Paja, 1956 [17]

Le estimulaba, además, la voz popular de ser Monterrey “la Barcelona de México”. Tienen, en efecto, los hombres de esta ciudad el favor de una fama de industriosos y el disfavor de una leyenda de tacaños. Lo cierto es que se les considera como los habitantes de mayor cultura, seriedad y eficiencia de toda la República.

Jack Kerouac, 1957 [18]

Entrar en Monterrey era como entrar en Detroit. Se avanzaba entre los grandes largos muros de las fábricas. Pero el ambiente era distinto: se veían burros al sol sobre la hierba y extensos barrios de casas de adobe, con miles de ociosos en las puertas […], extraños comercios donde se podía vender cualquier cosa y aceras atestadas por una humanidad que recordaba a Hongkong.

Georges Londeix, 1964 [19]

La ciudad crecía, avenidas de ocho carriles se abrían entre los barrios pobres, y estos seguían sin calles; nacían nuevas fábricas; ciudades residenciales se creaban de golpe […]. La ciudad se extendía como el miedo, por ondas insensibles y amenazantes, en todas direcciones”.

[1] Enrique Gorostieta, “El tercer centenario de la fundación de Monterrey”, 1896.
[2] Nemesio García Naranjo, “Imagen de Monterrey en 1897”.
[3] Adolfo Dollero, “Visión de Monterrey en 1910”.
[4] Ricardo Arenales, “Elogio de la ciudad, 1919”.
[5] Ricardo Elizondo Elizondo, “Monterrey, 1930”.
[6] Graham Green, “Caminos sin ley, años 30”.
[7] Robert Hugh, “Un testigo ocular en México, 1949”.
[8] Kirk Marett, “Un testigo ocular en México, 1949”.
[9] Alfonso Reyes, “Los regiomontanos, 1942”.
[10] Mauricio Magdaleno, “Monterrey, 1943”.
[11] José Vasconcelos, “Monterrey Promesa, 1943”.
[12] Raúl Roa, “Jardín en la estepa, 1955”.
[13] Raúl Rangel Frías, “Teoría de Monterrey, 1946”.
[14] José Alvarado, “Monterrey, Ciudad adolescente, 1956”.
[15] Mariano Picón Salas, “Una ciudad en la estepa, 1949”.
[16] Manuel Morales Gómez, “Nuestra Encrucijada, 1955”.
[17] Guillermo Díaz-Plaja, “Alcance a Monterrey, 1956”.
[18] Jack Kerouac, “En el camino, 1957”.
[19] Georges Londeix, “La disgrace, 1964”.

Anuncios

2 comentarios en “Monterrey me pareció una nueva Babilonia | César Salinas”

  1. Inclusive se podrían agregar las palabras del mandatario estadounidense Franklin D. Roosevelt cuando se entrevistó con el presidente mexicano Manuel Ávila Camacho en Monterrey (23 de abril de 1943):

    “…en esta ciudad de Monterrey he quedado totalmente impresionado por la forma única en que están empeñadas todas las fuerzas productoras a la causa de la guerra… aludiendo a la gran capacidad industrial del estado.

    A lo que el presidente Ávila Camacho respondía: este desarrollo impresionante ha sido “…por la capacidad de su rendimiento (industrial), por el muy moderno sentido práctico que se advierte en sus modernas empresas y por su fidelidad a los principios democráticos”. Continuó, “En estas horas de prueba, los empresarios y los trabajadores de Monterrey cumplen fielmente la tarea de aumentar por todos los medios posibles la producción”.
    Finalizó considerando que el pueblo mexicano debería aprender algo de los obreros y empresarios de la ciudad de Monterrey.

    (Memoria del gobernador del estado Bonifacio Salinas Leal, 1942-1943; (AGENL)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s