Regios: codos pero no tacaños | José Emilio Amores

EPIFANÍA DE MONTERREY
José Emilio Amores
En homenaje póstumo

JEAI. MONTERREY ERA DUEÑO DE MONTERREY

 Monterrey es una ciudad del siglo veinte, cuya fama provino de su industria. La gente de la cuenca de México (donde viven casi todos los mexicanos) veía con agrado los productos de acá, están bien hechos –decían. Son de fiar. Cosa igual sucedía con los hombres que eran parcos en el habla, con franqueza ruda y de palabra dada.

Cuando uno vive solo y en una nueva patria, hay tiempo de sobra para recorrer calles, ver edificios, asomarse a diferentes zonas residenciales y atender invitaciones a tomar un café (café, no copas) de parte de personas apenas conocidas. Todo un mundo por delante. Hallé en mi trabajo una actividad agradable, ser profesor.

Sentí y palpé la vitalidad de la ciudad. Mi mayor asombro estaba en ver que la mayoría de los negocios de Monterrey pertenecían a gente local. Este panorama contrastaba fuertemente con el de la ciudad de México donde crecí. En la capital del país, a mediados del siglo veinte, los grandes negocios estaban en manos de extranjeros; el ingenio  mexicano alcanzaba apenas a la venta de tacos y quesadillas. (Las quesadillas no eran de queso sino de rajas de chile o papas con chorizo que se freían en aceite reusado de mal olor).

En la ciudad de México los ingleses dominaban la industria eléctrica, la de tranvías y la mitad de la explotación petrolera en sociedad con la Shell de Holanda. Los franceses atesoraban la industria textil, las grandes tiendas departamentales y la cervecería Moctezuma de Orizaba. Los alemanes eran dueños de las fábricas de productos químicos así como de la comercialización de máquinas y herramientas. Los españoles absorbían el comercio de ultramarinos, las tiendas de abarrotes, panaderías, la cervecería Modelo y una casa editora, la benemérita Porrúa.

 Los canadienses eran dueños, principalmente en provincia, de buena parte de empresas tranviarias, varias de energía eléctrica y otras más de agua y drenaje. Los estadounidenses manejaban casi toda la minería, la otra mitad de la industria petrolera y una porción minoritaria de la telefonía que, la otra parte y porción mayor, era de gente de Suecia. Así, en la capital del país teníamos, sin interconexión, dos compañías telefónicas: la sueca Ericsson y la estadounidense Mexicana. Eran la imagen de dos personas, frente a frente, sin poder hablarse.

En Monterrey en cambio los negocios se hallaban en propiedad de personas de acá. Aparecían, como testimonio de creatividad económica, las de mayor renombre: Fundidora de Fierro y Acero, Cervecería Cuauhtémoc, Fábricas Monterrey, Cartón Titán, Fábrica de Papel, Grafo Regia, Hojalata y Lámina, Vidriera Monterrey, Fabricación de Máquinas, Troqueles y Esmaltes, Keramos, Celulosa y Derivados, Cementos Mexicanos.

Es cierto que en Monterrey se asentaban también negocios de extranjeros (canadienses, ingleses, estadounidenses y algunos de alemanes) pero estaban en minoría con los de los nativos tanto por el número de empresas como en el monto de capital. Rotundamente, Monterrey era dueño de Monterrey. Soy consciente que la inversión extranjera era necesaria para un país como México; mi extrañeza venía que en Monterrey hubiera mexicanos con iniciativa para crear grandes negocios y en la ciudad de México nada de nada.

 II. EL INSÓLITO NACIMIENTO MONTERREY

Lo extraño de la ciudad industrial es haber aparecido en una comarca de exigua población y en un país agrícola y minero. En esta región el conquistador se desacreditó; no encontró minas abundosas, -apenas unas pocas de plata de magra producción, allá por Cerralvo y Vallecillo. Desilusionado, cambió su oficio de incansable soldado por el de bandolero traficante de indios. En afán de asir una pizca del botín cazaba indios, piezas, para venderlos en Zacatecas.

Dicen los cronistas que a los indios los llevaban con los pies atados para que no pudieran correr; hacían trescientos o cuatrocientos kilómetros. Y, también dicen, que los indios eran unos ingratos (se morían en el camino). Luego, el conquistador se largó. Y pasado el tiempo arribaron los colonos. Los que harían todo. Esos pioneros eran gente con familia en busca de un lugar donde asentarse, vivir en paz, trabajar y engrandecer sus hogares; primero es la casa, decían.

Conviene poner el énfasis en cuanto a que el soldado-cazador de indios nunca trajo consigo familia, le estorbaba en su afán de hallar tesoros para regresar cubierto de gloria. Y en eso se distingue el imperialista del colono; el primero tantea súbita fortuna, en tanto el segundo procura la formación de grupos, equipos de trabajo,  asentamiento en comunidades (los hilos de la sociedad).

Los dos, conquistador y colono van en procura de lo mismo: alcanzar ingreso suficiente y más, siempre más. Pero difieren en la manera de lograrlo. El conquistador a golpe de espada; el colono trabajando la tierra.

 III. INQUISICIONES SOBRE LA  CULTURA DE TRABAJO DE LOS COLONOS

 Los colonos trabajaban en grupo para ejecutar tareas que en solitario no lograrían: desyerbar terrenos o construir canales y bordos para  domar el agua que corría libre y abundantemente. Agua de lluvia sin ríos.

Del trabajo en grupo surgieron líderes y otras cosas. Ocurrió, por ejemplo, la cohesión del grupo y la puntualidad de todos: si alguno llegara tarde los demás estarían en vano. También vino la necesidad de organizarse; imagino que alguien del grupo pusiera en orden a los demás; le diría a otro –primero, pon en claro cuál es el problema; luego piensa los pasos a seguir para resolverlo y, ¡ya, hazlo! Para la gente de acá es más sabroso ver cómo se resuelven prácticamente los problemas que inquirir sobre el origen y la evolución de la materia.

Sería por la distancia con otras poblaciones, o por la soledad que abunda en estos llanos de mezquites y huizaches, pero desde el principio el trabajo se deificó: todo era trajinar y guardar cachos de utilidad. La gente de estas tierras sabía que ni el más ocioso capitalista vendría a enterrar inversiones a una comarca despoblada como ésta. No quedaba de otra: pues a formar los capitales a punta de ahorro.

El ahorro se convirtió en zócalo de desarrollo. Lo impertinente está en que ahorrar es difícil, exige llevar una vida austera, dejar de lado lo superfluo, gastar lo mínimo, (sólo lo indispensable para la casa). De ahí nació la fama de codos. Pero codos racionales. Por ejemplo, aún a fines de la primera mitad del siglo veinte, casi no había restaurantes ¿Para qué?, las familias solían comer en sus casas; hacerlo fuera sería un gasto ocioso. Codos sensatos.

En resumen, la peculiaridad de los regios se podría resumir en ciertas  cualidades, (no exclusivas de ellos): practicidad, puntualidad, trabajo en equipo, cohesión de grupo, lealtad a la empresa, ahorro, gasto prudente y generoso en donativos para ayudar en buenas causas. Así surgieron orfanatorios, hospicios, centros especializados de salud, educación, colegios, el Tecnológico de Monterrey, las universidades privadas, la alta cultura y el socorro ante desastres naturales. Puedo decir con ufanía que el altruismo regio supera por mucho al de Guadalajara, Puebla y hasta de la mismísima plural ciudad de México. – Regios: codos pero no tacaños.

 

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