Trabajo y Ahorro, valores de Nuevo León | César Salinas

Trabajadores de Fundidora Monterrey en Condominio Acero.
Trabajadores de Fundidora Monterrey en Condominio Acero.

Opinión editorial de César Salinas/CIEN

Trabajo y ahorro son valores descuidados. Se puede decir que las personas lo siguen haciendo por necesidad y obligación, pero pocas por convicción, es decir, como parte de su cultura personal o social. Según la Comisión Nacional Bancaria y de Valores en 2014, el 40% de los mexicanos no ahorran, pero el 60% de la población recurre a préstamos. Para ejemplo práctico nótese en el rápido crecimiento de las casas de empeño en México.

De acuerdo a una investigación del Centro Eugenio Garza Sada, gran parte de las personas involucradas en el crimen organizado lo hacen por falta de trabajo, pobreza o la voluntad de ganar dinero fácil (trabajando poco). Dicho de manera clara, trabajar y ahorrar cada vez figuran menos en el carácter y la actitud de los mexicanos. Pero no siempre fue así.

Por lo menos en Nuevo León, ambos valores formaron una dupla inseparable que fue promovida masiva y continuamente a los ciudadanos durante el siglo XX. En el estado se difundió que trabajo-ahorro era la fórmula ideal para progresar, siendo difundida por empresarios, medios de comunicación, escuelas y los propios obreros.

El trabajo era considerado como algo sagrado, pues es la única vía para que una persona consiga el sustento, y el ahorro la forma en que asegura su porvenir. Trabajar se veía casi como una religión, un valor que todo ciudadano debía adoptar por convicción y no por obligación. La cultura del trabajo se promovió tanto que se convirtió en parte de la identidad del nuevoleonés.

La cultura del trabajo era tangible en todos los ámbitos y reconocida por propios y extraños. No era difícil escuchar que los nuevoleoneses eran trabajadores. Se debía trabajar porque era lo justo, el papel que todo ciudadano tenía. Esta cultura aseguraba que trabajar daba mayor dignidad a la persona, pues le permitía usar sus habilidades y talentos para contribuir al desarrollo de su comunidad.

Desde las empresas de Nuevo León se promovió que tanto los empresarios como los obreros se dedicaran al trabajo. Independientemente de la clase social, quien no trabajaba era mal visto, mientras que las personas trabajadoras eran admiradas y reconocidas. Los empresarios no quedaban ajenos a este esquema, sino que se exigían ser ejemplo. Reconociéndose como líderes ciudadanos, promovieron el trabajo de la única forma congruente: trabajando duro.

No era extraño verlos a altas horas en sus oficinas o supervisando personalmente la producción en sus empresas. También incentivaban a sus trabajadores con buenos salarios, prestaciones y un trato digno. Así se difundió que todo trabajo fuera bien hecho, de manera disciplinada y eficiente. Por ello, los trabajadores de Nuevo León fueron un ejemplo a nivel nacional por su productividad, talento y experiencia.

Pero el trabajo, por sí mismo, no garantiza la prosperidad. Una persona podía obtener mucha riqueza y gastarla hasta quedarse pobre; incluso podría utilizar dinero que no tiene y hundirse en deudas. Ni siquiera quienes reciben altas ganancias o poseen enormes fortunas pueden progresar si son derrochadores. Por ello se promovió el ahorro y la modestia, y se condenó ser ostentoso o presumido. Gastar en exceso, incluso teniendo mucho dinero, era mal visto, desaprobado socialmente.

Los empresarios regiomontanos vivieron confiscaciones y violencia durante la Revolución Mexicana, enfrentaron crisis como la de 1929, y carestías durante la primera (1914-1918) y segunda guerra mundial (1939-1945). La experiencia les enseñó que aun el gran capital podía perderse, pues nadie, ni siquiera ellos, tenían el futuro asegurado. Desde entonces ahorrar significó prepararse para las épocas malas.

El empresariado comprendió que derrochar el dinero los haría vulnerables a las crisis, inoperantes ante las coyunturas desfavorables, e incluso perderían competitividad si no tenían capital para reinvertir en el crecimiento y modernización de sus negocios. En Monterrey los grandes empresarios como Eugenio Garza Sada predicaban con el ejemplo, viviendo modestamente y utilizando una parte de sus ganancias para la reinversión.

Una de las frases de este empresario es: “El lucro no es renta para satisfacciones egoístas, sino instrumento de reinversión para el progreso económico y social”. Además, en su Ideario nos habla de disfrutar el trabajo y dedicarse a éste. Eugenio Garza Sada y otros empresarios regiomontanos consideraban que era un deber moral dar sueldos justos, es decir, lo suficiente para que el trabajador pueda solventar sus necesidades básicas y las de su familia, y que le quedase un porcentaje para ahorrar.

En otras palabras, asegurar que el obrero ganara más de lo indispensable para vivir. La Sociedad Cuauhtémoc y Famosa, a la que estaban suscritas las empresas de los Garza Sada, creó en 1921 la Revista Trabajo y Ahorro. En ella se promovió la dupla de valores que se convirtió en clave para Nuevo León. En esta publicación se promovió que el trabajo y el ahorro debían ir siempre de la mano, pues las personas no solamente debían valorar su trabajo, sino también el fruto de éste (salario).

La única forma de ser precavido era ahorrar, sugiriendo que lo ideal era separar el 15% del sueldo, sin perjudicar la satisfacción de las necesidades básicas. La Revista Trabajo y Ahorro publicó en junio de 1921: “El ahorro no es un instinto natural. Es un principio de conducta que se adquiere. Comprende la abnegación de sí mismo – la supresión del placer presente por el bien futuro -, la subordinación del apetito animal a la razón, a la previsión y a la prudencia.

Trabaja para hoy, pero también provee para mañana”. En otro artículo señala: “El trabajo es la idea más grande, más santa y más práctica que ha concebido el hombre. Ama al trabajo.” Publicaciones como esta fomentaron la austeridad y la modestia, y criticaron el consumo irresponsable y la ostentación. El ideal regiomontano era ser muy trabajador y ahorrativo, pensando siempre en cubrir las necesidades presentes y futuras.

El ideario nuevoleonés era Trabajo y Ahorro. También los medios de comunicación apoyaban a la difusión de estas ideas, formando la imagen del regiomontano trabajador y muchas veces señalado por “tacaño o “codo”, refiriéndose a su carácter ahorrativo.

Se impulsó mucho la idea de que las personas trabajadoras y ahorrativas eran inteligentes y virtuosas, mientras que las derrochadoras y ostentosas eran necias e irresponsables. Se decía constantemente que se debía disfrutar el trabajo, valorarlo, cuidarlo. Poco a poco el ahorro también se convirtió en la piedra fundamental de todas las virtudes, pues no se trataba solamente de ahorrar dinero, sino también tiempo y energía para ser más eficaces, y no malgastar ningún esfuerzo.

Aplicar la dupla de trabajo y ahorro es primordial en una sociedad en la que se quiere sacar el máximo provecho al menor esfuerzo, y se promueve tanto el consumo y la ostentación. Peor aún cuando trabajar poco o nada y ser presuntuoso comienza a ser bien visto, sobre todo en las redes sociales. En este mundo globalizado, en el que se busca implementar modelos extranjeros para alcanzar el progreso, la superación y la prosperidad, se vale también retomar los valores de lo nuestro.

Lo que las generaciones pasadas crearon en la localidad no es desdeñable, también nos puede llevar al éxito. La cultura del trabajo y el ahorro demostró buenos resultados. Apliquémosla. Seamos ejemplo. Enseñémosla a nuestros padres, hijos y familiares. Compartámosla con nuestros amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Fomentémosla en nuestras empresas y entre nuestros empleados y colaboradores. A fin de cuenta no nos es ajena, es parte de nuestra identidad.

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