Breve esbozo del desarrollo industrial de Monterrey | Virgilio Garza Jr.

Archivo Eugenio Garza Sada
Virgilio Garza Jr. con Manuel Gómez Morin en reunión. Fotografía del Archivo EGS

Fragmento de “Brief sketch of the industrial development of Monterrey”, Conferencia del abogado regiomontano Virgilio Garza Jr. en el Instituto de Estudios de Latinoamérica, Universidad de Texas en Austin, junio de 1949.

¿Cuáles son las causas que han determinado que Monterrey sea una ciudad industrial? Parece que lógicamente no debería serlo, pues no tiene cerca fuentes abundantes de materias primas, de combustible, y además está alejada de los grandes centros consumidores. Sin pretender dar una explicación completa, apuntaré aquí algunas causas que en mi opinión tuvieron y siguen teniendo en ella una influencia importante.

En primer lugar el carácter de los habitantes. Los pobladores originales tuvieron que ser fuertes y agresivos para llegar hasta estas regiones desiertas de la Nueva España; luego la lucha constante que tenían que mantener en contra del medio hostil, sin rica agricultura o ganadería y sin abundancia de minerales, aunque con un gran amor al lugar y una tenacidad en la intención de triunfar que les impedía abandonar el poblado en busca de campos fértiles.

La lucha dura era considerada como natural para la vida. Se templó el carácter y se formó una tradición que se conserva hasta nuestros días, tradición de trabajo tenaz que valoriza el éxito en proporción a las dificultades que hay que vencer.

La pobreza del suelo influye también, no solo para moldear la manera de ser de los habitantes, sino porque negándose a proporcionar un medio de trabajo y de vida, obliga a canalizar las habilidades al terreno de la transformación de lo que otras regiones producen más o menos fácilmente, dándole un mayor valor de uso, lo que implica un trabajo más especializado y constante, perseverancia, organización técnica y ánimo para tomar riesgos y asumir responsabilidades, cualidades desarrolladas en los nativos.

La iniciación de la vida industrial de Monterrey coincide con la primera época más o menos larga de paz y tranquilidad que tiene el país en su vida independiente; de 1880 a 1910. Gran importancia tuvieron también en modelar los destinos de la ciudad dos gobernantes: el Lic. Lázaro Garza Ayala y el General Bernardo Reyes, que ocupan el período de paz del que he hablado: el General Reyes fue gobernador de Nuevo León de 1885 a 1887 y de 1889 a 1909, y el Lic. Garza Ayala los dos años de 1887 a 1889. Fue este último quien organizó la exposición de 1888 y quien expidió ese mismo año la primera Ley que concedía exenciones de impuestos a las empresas industriales.

El General Reyes, con veinte años ininterrumpidos de Gobierno, mantuvo siempre en vigor y aun aumentó las franquicias otorgadas a esas actividades, estimuló a los hombres de empresa regiomontanos, invitó a los de otras partes del País y al capital extranjero, favoreció la construcción de los ferrocarriles, planificó la ciudad y la dotó de los servicios de energía eléctrica, agua y drenaje, siendo éstos últimos servicios verdaderos modelos en su género construidos por una empresa y con capital canadiense, que los manejó hasta hace poco en que fueron adquiridos por el Gobierno del Estado.

Atento al desarrollo de la industria se preocupó también porque se respetaran los derechos de los obreros; por su influencia se estableció voluntariamente en muchas industrias desde principio de siglo la jornada de ocho horas, y en 1906 dictó una Ley de indemnizaciones por accidente de trabajo, cuya exposición de motivos admitía ya la teoría del riesgo profesional. Dato interesante es que esa Ley la indemnización por muerte accidental se fijaba en una suma igual a la que estableció más de veinte años después la actual Ley Federal de Trabajo.

Cuenta también como factor importante la construcción de ferrocarriles que convierten la ciudad en centro ferroviario de donde parten vías en seis direcciones haciendo fácil la traída de materias primas y el envío de productos manufacturados. Por último, debo mencionar un fenómeno de gran valor en los destinos de Monterrey que han influido muchísimo en el desarrollo y prosperidad de la ciudad y en la conservación y afirmación de las cualidades características de sus habitantes.

Al terminar, a fines del siglo XIX el período de revolución casi continúa iniciando desde la independencia, había ansia de paz y trabajo tranquilo en todo el País. Monterrey, por las diversas causas que hemos apuntado, se adelantó quizá a otras regiones en crear el ambiente propicio para permitir el desarrollo de energías latentes en busca de un cauce apropiado. Pronto se supo en toda la República que ahí se podía trabajar, que se estaban iniciando grandes empresas con el estímulo de un gobierno que favorecía toda actividad útil, que había trabajo, oportunidad y garantías.

Entonces, de todo el resto del País, pero especialmente de los Estados del Norte cuyos pobladores tienen características semejantes a las de los nuevoleoneses, empezaron a emigrar gentes hacia Monterrey; obreros, artesanos, gentes dueñas de un pequeño capital, pero todos ambicioso, resueltos, atrevidos, confiados en su capacidad para el éxito.

El inmigrante es siempre, o en la mayoría de las veces el hombre fuerte, el inconforme, el que tiene fe en sí mismo, el que no tiene miedo al porvenir, el que está resuelto a trabajar y a luchar. Y Monterrey recibió la influencia bienhechora de una sana inmigración de gentes capaces, que se asimilaron rápidamente al medio, porque encontraron en él a gentes como ellos, honestos, empeñosos, tenaces, gentes de que se hicieron regiomontanos, y ser regiomontano fue dejando de ser un accidente geográfico y se convirtió en una manera de ser.

Y la ciudad no frustró sus esperanzas. En ella encontraron lo que buscaban, fue amable con ellos y ellos fueron agradecidos. Monterrey debe mucho de su prosperidad actual a todos aquellos que nacidos en otros lugares lo escogieron para teatro de sus actividades, para desarrollar en él el esfuerzo de su brazo o de su inteligencia, para fundar en él su hogar, y para entregarle al morir una fábricas, un taller, un centro de actividad creadora y unos hijos empeñados en continuar una tradición de esfuerzo que poco a poco va edificando una ciudad y haciendo prosperar un País.

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