Mi paso por la Universidad Regiomontana | Hugo Valdés

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Entré a la Universidad Regiomontana (UR) por mero azar: una compañera de la secundaria que había ingresado a Letras Españolas me comentó que había un ambiente propicio y, lo mejor, que la carrera se podía cursar por las tardes. Para mí aquello era fundamental porque deseaba continuar estudiando en la Facultad de Agronomía de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), a la cual asistía en clases matutinas luego de haber concluido la preparatoria.

En realidad, mi plan de hacer dos carreras simultáneamente se vino muy pronto a pique: no era posible acudir a dos instituciones para tratar de entender una docena de materias por completo disímiles. Se impuso la carrera de Letras, a lo largo de la cual conocí a personas muy valiosas, tanto a nivel personal como profesional.

Mi estancia en la UR inició pues en 1981 y concluyó en 1984, lapso durante el que los integrantes de mi generación —de los cuales solo nos graduamos María Concepción Cuevas Arriaga, la noble e inteligente Conchita, el guitarrista Pedro Soto y yo— ocupamos diversos espacios a manera de aulas, desde parte de una casa por la calle Rayón; pasando por una serie de salones ubicados en un ya desaparecido caserón cuyo frente miraba a Padre Mier y se extendía hasta Matamoros, jardines y patios interiores incluidos; para finalizar en una residencia con sótano y terrazas que se alza aún en Padre Mier y Miguel Nieto.

Hoy puedo decir que mi facultad es el único lugar donde nadie se extrañó por lo inusual del nombre de aquel joven de Río Bravo, Tamaulipas, que se apersonó una tarde con nosotros: el ahora dramaturgo y director Medardo Treviño. Antes de su arribo, otro alumno, él una persona mayor de edad, se llamaba igual. Junto con aquél, precisamente, quien esto escribe y otro estudiante que se integraría cuando yo estaba por terminar la carrera, Eduardo Antonio Parra Caballero, tuvimos el privilegio de contar con uno de los mejores maestros que hayamos tenido: Israel Guajardo.

De vida irregular, muchas veces sin rigor para desarrollar convencionalmente su cátedra, muy probablemente porque nunca le interesó hacerlo así, escucharlo era una de las más altas experiencias formativas para quienes, como los dos grandes amigos que acabo de referir y otros más, entendíamos desde ese momento lo que significaba la literatura en nuestras vidas.

Israel sabía tan bien lo que pasaba por mi cabeza y mi ambición de escritor incipiente, que menospreció tanto como me hizo menospreciar a mí un resultado académico: un siete o setenta que difícilmente llegué a aceptar en la preparatoria, aquí era una simple nota más —la verdad, producto de un castigo por retarlo o algún fallido intento mío de escarnecerlo— que podía amargarles la vida a otros compañeros, no a mí, quien había empezado a escribir una novela y leído bastantes libros ya, por encima del promedio que se esperaba tuviese cualquier alumno de la escuela.

Era cierto: algunos que, por una especie de chiste, llegaron a tener cierta calificación con pocos o varios puntos arriba de mí, eran aquellos cuyo contacto con el Ulises de James Joyce, un volumen que en ciertas ediciones roza las mil páginas, se limitó a leer su resumen en un párrafo cortesía de algún vademécum para flojos e iniciados. Gracias a Israel tuve acceso a novelas como Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, y Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, porque tuvo muy claro que me proponía escribir una primeriza obra larga y era natural que en ese proceso manifestase una voracidad por echar mano del lenguaje en toda su riqueza, con el riesgo siempre latente de desbarrancar dada mi mocedad.

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Otra aportación notable que hizo la UR a nuestra vida académica fue la contratación de la maestra peninsular Isabel Magallón, sin cuyos acicate e interés por mis acercamientos a textos que leíamos muy seguramente no me habría puesto a escribir ensayos como hasta hoy lo hago, y sobre todo a amar el género desde que se gesta en la lectura. Isabel tenía además una cualidad que la distinguía e inquietaba a amigos como el referido Eduardo Parra, aquejado desde temprana edad por la efervescencia hormonal propia de la adolescencia: además de brillante, era una mujer bellísima.

No olvido desde luego el optimismo, algo parecido a la amistad y la aplicación solidaria de un entonces muy joven mentor, Arturo Torres, con quien por cierto transité el trámite de preparación y escritura de mi tesis sobre la cuentística de Sergio Pitol, autor poco leído y conocido en aquella época, que luego se extendería a todo un volumen sobre la mayor parte de su obra narrativa y ensayística.

Puedo entonces asentar que si desde la preparatoria había empezado a escribir, esperando convertirme en novelista algún día, la creación de The Monterrey News tuvo su origen en aquellos tiempos en que pasé por Letras de la UR, donde me preparaba, acaso apenas intuyéndolo, para reformular una visión y una estética con las cuales pudiera novelar la ciudad —aquella ciudad— no solo en el presente, sino desde su pasado fundacional, pasando por diversos pasajes históricos para entender al regiomontano contemporáneo, buscando con ello desmitificar algunas de las nociones preconcebidas que se habían y han todavía procurado sembrar en el imaginario colectivo. A dicha novela le ha seguido media docena más, ya publicadas o en espera de serlo muy pronto, así que la semilla prosperó.

Dice el escritor José María Pérez Gay que los recuerdos que se niegan a desaparecer quieren decirnos o revelarnos algo, y yo sospecho que ciertos sueños cumplen esa misma función: como la escuela con la que sueño a veces, ubicada delante de la real, a veces por una íntima y floreciente avenida Hidalgo, con una hermosa fachada tras de la que, ya traspuesto un corredor que cruza largos bloques de salones, me esperan jardines nocturnos en los que me encuentro, de nuevo como un muchacho feliz, con personas inolvidables.

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