José Calderón | Agustín Basave

José CalderónNo eran menos de cincuenta los tendajos que existían en el Monterrey de hace setenta años y todos o casi todos eran tributarios de los almacenes del centro, entre los cuales descollaba el de Don José Calderón. Los tendajeros a quienes llamaban “prusianos” eran algo así como vasallos de los mayoristas, quienes a cambio de su preferencia, les otorgaban sus consejos y, lo que es más importante, un crédito que variaba entre veinte y cien pesos.

Los abarroteros, a su vez, compraban al por mayor, en los centros de producción y distribución. Traían maíz de Jalisco y Guanajuato, frijol de Michoacán, arroz de Tepic, sal de Colima, café de Veracruz, cacao de Tabasco, trigo de Coahuila y objetos manufacturados de México y de los puertos por donde entraban al país, procedentes de Europa.

Ocasión para comerciar en grande, la proporcionaban las ferias, muy especialmente la de San Juan de los Lagos, cuya Basílica mariana era y es el centro de atracción para los devotos de cien leguas a la redonda. Por febrero se verifican allí las fiestas de la Virgen y desde los últimos días del mes anterior se pueblan los caminos convergentes, de romeros que van al Santuario a cumplir una manda; de matachines y danzantes, de penitentes que cargan cruces o se mortifican con pencas de nopal que llevan pendientes, sobre el pecho y las espaldas, a guisa de escapularios.

Afluyen, también, armeros y vendedores de fustes, comerciantes en cereales y legumbres, tuneros potosinos que van a vender sus quesos morenos, chalanes que llevan caballos de Chihuahua, de Tamaulipas, de las haciendas surianas; mujeres que allí exponen sus lindos y pacientes trabajos de un año entero: tiras bordadas, encajes, deshilados; dulceros de Colima con alfajores de coco y pulpa de tamarindo…

todo el infinito mundo de lo que se vende y se compra, extendido en la plaza, en las bocalles contiguas al Santuario, en el espacioso mercado, a lo largo de las calles sanjuaneras que, en los días de feria, se entoldan y engalanan con lazos de papel de china, azules, amarillos y blancos, como las talaveras de la Reina. A esas bulliciosas ferias, entre millares de mercaderes que llevan allí artículos de comercio, no dejaba de concurrir año por año, lo mismo que a las ferias de Encarnación de Díaz y del Valle de Santiago, Don José Calderón, quien llevaba hasta Jalisco, por el camino real de San Luis, sus carros cargados de mercaderías.

Era un lince para el trato. Tenía un sentido especial para husmear la ganancia. Sabía adentrarse en las intenciones de los otros comerciantes; les conocía su lado flaco; tenía la intuición de lo que necesitaban, del precio máximo que podían pagar por cada artículo y del precio mínimo a que podían soltar sus mercancías. De esta manera en sus tratos sacaba las mayores ventajas, aunque sin apartarse de lo lícito, evitando siempre con pulcritud moral, meterse por los vericuetos que frecuentan los comerciantes sin escrúpulos.

Por sus jornadas contadas volvía Don José a Monterrey, con los carros colmados de semillas y de quesos, de botes de manteca y de alcohol, con cargamentos de metates y loza; ollas, cazuelas, comales, platos, jarros, botellones y aún monos de los alfareros de San Pedro; con percales floreadas y mantas blanqueadas; con sarapes y colchas y toda suerte de artículos de mercería y ferretería; también regresaba con el ojo alerta y la mano en el rifle para evitar las malas tentaciones a esos espíritus malignos que vagaban por los caminos para la perdición del comercio.

Llegado a nuestra ciudad, comenzaba a mostrar sus mercancías a los “prusianos” y a los demás abarroteros, a ponderar la calidad de sus compras y a repartir entre sus varias docenas de marchantes lo traído del sur, hasta agotar sus existencias y cosechar una bonita utilidad. Así fue formado Don José Calderón, ayudado de Don Isaac Garza y de Don José Muguerza, un capital que luego se invirtió en negocios industriales y en propiedades urbanas –casas y solares- y el cual ha llegado a ser uno de los mayores del Norte de la Republica.

uploadFue Don José uno de los primeros comerciantes reineros que traspuso los límites del mercado local y que contribuyó con sus cuantiosas compras al prestigio de Monterrey, en lejanas plazas del sur y del noreste mexicano. En aquel entonces el nombre de nuestra ciudad no se asociaba con la idea de prosperidad industrial. Monterrey no era más que una plaza de tercer orden, a pesar de su categoría de Capital de Estado. Ni por sus escasísimos productos ni por capacidad de consumo llamaba la atención de los comerciantes del centro de la Republica.

Si Don José Calderón, en determinadas ocasiones, hizo compras cuantiosas de cereales, por ejemplo, no fueron éstas destinadas únicamente a Monterrey, sino a distintas plazas vecinas, con los cuales comerciaba nuestro mayorista. Él abrió mercados a diversos productos y así contribuyó al prestigio del incipiente comercio de nuestra ciudad.

Cuando en el año de 1876, se casó Don José Calderón con la señorita Panchita Muguerza, perteneciente a una de las más conocidas familias de la sociedad regiomontana, tenía treinta y tres años de edad y una casa de abarrotes en pleno desarrollo y con extensa clientela.

Si exceptuamos a Don Bernadino García Muguerza, matamorense que después de haber sido hombre rico, se arruinó al acabarse la bonanza del puerto fronterizo y quien de nuevo formó capital, al frente de un negocio abarrotero regiomontano; si exceptuamos a este deudo suyo, fue Don José Calderón el primero en tener éxito en el comercio local.

De haber estudiado normalmente, Don José se hubiera hecho notar aún más; pero el hecho es que entonces no había aquí escuelas que valieran la pena. Por lo tanto, tuvo que formarse solo. Su inteligencia nada común bastó para orientarse y abrirse camino, juntamente con su notable capacidad de trabajo y los consejos de su padre, comerciante como él y de origen español.

Era Don José, hombre de buena constitución física; de anchas espaldas, de mediana talla, de voz fuerte e imperiosa, gran andarín, muy sociable y simpático. Concurría con frecuencia al Casino y a los centros de reunión, más bien atraído por la oportunidad de hacer contactos y negocios, que por mero solaz. Era hombre dinámico, cuyo espíritu no podía mantenerse en reposo. Siempre tenía algo que proponer, algo que vender, algo que comprar. Presentaba bien los negocios; se sabía colocar en los puntos de vista de los demás; poseía, en una palabra, las cualidades necesarias para persuadir, para inducir a los demás a desear lo que era conveniente para él.

Era, además, hombre de buen consejo. Don Francisco G. Sada lo recordaba con especial simpatía y agradecimiento. Él lo apadrinó en su primer viaje comercial a la metrópoli, le dio útiles instrucciones, le presentó a amigos suyos y, con sentido práctico, le ayudó a verificar los negocios que allá lo llevaron. En su vida privada era hombre caritativo, afable y amante de su esposa y sus dos hijos, José y Fernando. Este último murió cuando era un niño. El primero tenía doce años cuando murió don José y es el conocido capitalista de su mismo nombre.

El radio de acción de Don José alcazaba a Chihuahua por el poniente; a Matamoros, por el oriente; y a México por el sur. En villa de Arteaga, cerca de Saltillo, entregaba algodón a la Fábrica de Hilados de Dávila Hoyos y esta le pagaba la materia prima, en telas, con buenos descuentos sobre los precios corrientes. Así es que ganaba con el sobreprecio del algodón y con la deducción del costo de mantas y percales.

Cabe el lecho del río Santa Catarina, tenia Don Lorenzo González Treviño, una fabriquita de hielo, la cual compró Don José. Allí mismo estableció, en compañía de un alemán, una pequeña industria cervecera, líquido que envasaban en barrilillos de 10 por 30 centímetros y en botellas cuyos tapones ataban con cordeles. El negocio tuvo resultados desastrosos, a pesar de la ayuda para introducir el producto, prestaban al Sr. Calderón, todos sus tendajeros subsidiarios.

CerveceriaSandoval_ca. 1920pxAsí pues el realismo de Don José le hizo poner un punto final a la fabricación casera de la cerveza, abandonado el negocio para poner toda su atención en los que le estaban produciendo ganancias. Este intento fallido fue el precursor de una grande y próspera empresa cuya escritura constitutiva había de firmarse el día 8 de noviembre de 1890, en la misma Casa Calderón, establecida en la esquina oriente-norte de la Calle padre Mier. Nos referimos a la Cervecería Cuauhtémoc.

La muerte de Don José Calderón, pionero del gran comercio regiomontano y uno de los primeros propagandistas de nuestra ciudad, ocurrió el 25 de marzo de 1889, causando profunda pena en todos los sectores sociales de Monterrey.

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