Monterrey de 1920 a 1930 | José P. Saldaña

12.Rosario Gonzalez Sada de Garza, Fernando Gonzalez Lafon y Virgilio Garza Jr., entre otros.En lugar de la actitud contemplativa de los medrosos, de la posición cómoda de “haber que sucede”, la gente de Monterrey siguió el curso de los acontecimientos tratando de torcer el destino hacia realizaciones significativas de voluntad y de fe. Trabajar, divertirse, y pensar, que la obra creadora del hombre constituye su propia salvación.

¡Oh! El Monterrey de los noventa mil habitantes, de la quietud y de la amistad. Todos nos conocíamos y a falta del diálogo se entrelazaban los adioses como saetas llenas de buena voluntad. Ambiente aquel que permita caminar y hacer algo, pensar en el presente, en el porvenir, en el progreso; pero dejando entre jalón y jalón el tiempo suficiente para detener al amigo en la banqueta y cambiar impresiones. Sabor a provincia de pantalones largos, que no ha llegado al cosmopolitismo, a ese ir y venir con la respiración en suspenso, la mente llena de problemas y el paso redoblado, como si alguien nos empujara.

Esa provincia que ansía el cosmopolitismo porque ignora sus enormes problemas sociales; pero que, a pesar de todo hace esfuerzos por superarse. Que los tranvías eléctricos, largos, toscos, ruidosos, eran ya obsoletos, pues a substituilos con otros medios de transporte más adecuados.

Y de pronto comienzan a resoplar por las calles las “julias”. Sobre chasis Fords una armazón de madera capaz de contener “apretaditas” veinte personas se dedicaron a competir con los tranvías. Estos cobraban diez centavos por pasajero y las julias cinco; pero además eran, si no tan seguras, sí más rápidas.

El público aceptó de buen grado el novedoso transporte y las líneas se multiplicaron: Centro-Nacional; Golfo-Mercado; Catedral-Obispado; Fundiciones-Independencia… ¿Y por qué el nombre de julias? El proverbial ingenio del pueblo así las bautizó en razón a que el transporte de los presos se hacía en ambulancias cerradas a las que de tiempo atrás se les llamaba “julias”, nombre derivado de jaulas.

A pesar de los nuevos transportes, de las estridencias de las motocicletas, seguían las carretelas tiradas por caballos imprimiendo en la ciudad el sello pueblerino, que significa tranquilidad.

122.Edificio La Reinera, Morelos y ParasHabrá seguramente quien nos diga que si de tranquilidad se trata retrocedamos algunos años para colocarnos a principios de este maravilloso e inquietante siglo y entonces sí que nos hallaremos en un remanso, como el lago en primavera. Nos asaltaría el recuerdo de las noticias de Europa y de Asia sucedidas treinta días antes, de las tertulias en las casas familiares adosadas con la pimienta y la sal de la música popular en boga.

Nos entraríamos al recuerdo de los grandiosos espectáculos de la ópera, -esperados ansiosamente por las damas para lucir sus elegantes vestidos, las deslumbrantes alhajas y los sombreros de anchas alas; los caballeros para darse el gusto de desempolvar el traje de etiqueta olorosos a alcanforina,- de esa opera que arrastra su agonía por privilegiados escenarios del mundo, y también se haría presente la hija mayor y la menor de la ópera, la opereta y la zarzuela, ya desaparecidas.

En fin, con esas evocaciones tendríamos presente una población de setenta mil habitantes, alegres y confiados, dispuestos a combinar el trabajo que enaltece, con la diversión que da alientos al espíritu. Y, por supuesto, desfilarían en la pantalla del recuerdo multitud de artistas, de quienes nos resistimos a creer que ya no son de este bullicioso mundo. Sí que valdría la pena una excursión retrospectiva por aquella venturosa época; pero no va por ese rumbo mi narración de hoy. Es necesario doblar la hoja y volver al tiempo de mi historia.

No por más cercano menos interesante. Pensemos un instante en ese hechicero que llamamos tiempo. Reloj de arena, de acero, de diamantes, manecillas, todo ello para medir el tiempo por segundos. Un prodigio. Pero más prodigio es el tiempo en sí mismo. No necesita de instrumentos para caminar, Sigue, sigue adelante sin que fuerza humana alguna lo pueda detener. Y el minuto que se fue no regresa: suma interminable que no espera, que no puede esperar. Por eso en el tiempo, lo que pasó, allí queda, lo mismo haya transcurrido un siglo que un día.

¿Qué importa pues que en lugar de escudriñar en los sucesos de 1900 o de 1905 lo hagamos en los veintes? Todas las épocas tienen lo suyo. Para las generaciones de 1900 nada era comparable a los tiempos de su niñez y juventud y decían con Manrique “todo tiempo pasado fue mejor”, y seguimos repitiéndolo de generación; es que el divino tesoro de la juventud se aprecia más y mejor a distancia, cuando ya se nos ha escapado.

A pesar de que el tiempo es, en cierto sentido, imperativo, aparentemente impasible, va dejando simientes, que cultivadas, nos ofrecen maravillosas floraciones y admirables frutos.

141.Teatro JuarezNos detenemos en esta etapa del devenir del tiempo, confortante, amable, placentera, a pesar de las turbulencias que sacudieron al pueblo en lo político y en lo social, y veremos y diremos lo que nos bulla en el recuerdo. Por lo demás en diversos aspectos de 1900 lo vemos repetido de 1920 a 1930, y todavía puedo agregar que en 1967. Una muestra: la falda corta, que en 1922 provocó discusiones y críticas, cuarenta y cinco años después nos encontramos con el mismo problema, algo más agudizado.

Si esto es poco abramos los ojos para contemplar los circos que nos visitan en estos venturosos días del jet y la televisión a colores. Vemos en la pista a los payasos con la cara pintarrajeada, diciendo los chistes que escucharon nuestros padres; admiramos a los temerarios equilibristas, a los ágiles trapecistas, a los hermosos caballos, a los elefantes amaestrados, a las graciosas focas, a los inteligentes perros, a los feroces leones…

Y todo ello, cambiando lugar, personas y animales, lo vimos en aquella época, porque los circos, como los magos, se trasladan de un lugar a otro a través de las praderas, de los desiertos, de las montañas, en tiempos de paz y de guerra, sin ser vistos ni sentidos.

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