Miguel F. Martínez, un transformador de época | César Salinas

El ingeniero Miguel F. Martínez es un personaje muy ligado a la comunidad nuevoleonesa, pues la cimiente más profunda de una sociedad es la educación, su centro más vital es la escuela y la esfera más amplia es la pública. Por ello, su legado no debe quedar oculto o inaccesible. Si bien la sociedad no tiene la obligación de estudiarlo, por lo menos sí debe tener la oportunidad de conocerlo.

21. Retrato de Miguel F. MartínezProfesor, pedagogo, supervisor, reformista, escritor, ingeniero topógrafo, gestor cultural, servidor público, orador, músico-flautista, administrativo, militar, diputado, regidor, congresista, mutualista, dibujante, geógrafo, filántropo, Benemérito de la Educación de Nuevo León y hombre de familia, sin duda Miguel F. Martínez fue un hombre multifacético.

Su archivo nos permite apenas asomarnos a una vida intensa, y nos hace constatar su experiencia, trayectoria, obra, escritos, cargos que ocupó, logros, personas con las que tuvo relación, e incluso sus anhelos, tropiezos, tristezas, nostalgias, miedos e inquietudes. Compartiré con ustedes algunos episodios que marcaron la vida de Miguel F. Martínez, cuyo archivo personal ha sido donado al Centro Eugenio Garza Sada.

LA ÉPOCA

A Miguel F. Martínez le tocó vivir uno de los períodos más críticos de la nación Mexicana. Nació en Monterrey en junio de 1850, tan solo dos años después de que el ejército norteamericano dejara de invadir al país. Entró a la primaria el año en que inició la Revolución de Ayutla (1854); la terminó cuando inició la Guerra de Reforma (1860); ingresó a la secundaria al iniciar la Guerra de Intervención Francesa (1862); se graduó de la carrera durante la Revolución de La Noria (1871); se casó durante el Plan de Tuxtepec (1875) y participó en la creación de la Universidad Nacional al inicio de la Revolución Mexicana (1910).

         Las guerras continuas provocaron violencia, desorden político y parálisis económica., un contexto en donde poco se podía emprender en el país. No obstante, Miguel aprovechó el único medio que tenía para prosperar: la educación. Llegando al mundo sin ventajas, siendo hijo de un pintor de edificios, él no hubiera sido el hombre que fue sin la formación que se esforzó en tener.

         Su primer sueldo, por ejemplo, fue cuando de niño su tío lo llevaba a cantar a las tiendas, panaderías y carnicerías, recibiendo “a cambio una pieza de pan, un pedazo de piloncillo, un puñado de chicharrones”.

         En 1854, Miguel ingresó a la primaria pública y al terminarla seis años después, comenzó a aprender el oficio de su padre. La lógica de la época para alguien como él es que siguiera en el negocio familiar, pues todavía para 1900 las estadísticas de Nuevo León indicaban que de los 19 mil alumnos de primaria solamente 9 mil terminaban sus estudios, y de éstos, solo 190 continuaban la secundaria. Esto se debía a que los hijos eran solicitados como fuerza de trabajo para ayudar económicamente a su hogar.

Sin embargo, Miguel decidió volver a las aulas en 1862, ingresando a la única opción que podía costearse, el Colegio Civil de Nuevo León. Ahí tuvo que enfrentar que sus compañeros tuvieran mejor preparación previa, pues podían contratar a profesores privados, lujo que él no pudo darse. Sin embargo, en la misma institución continuó en 1867 sus estudios de preparatoria, y posteriormente resolvió realizar una carrera profesional. Para ello estableció una pesada rutina: tomar clase de día, trabajar tarde y noche, y estudiar de madrugada; todo para culminar sus estudios mientras sostenía a su familia.

Evitó entonces estudiar Medicina o Jurisprudencia, que si bien generaban mayor posicionamiento social y remuneración, requerían más tiempo, por lo que Miguel se decidió por la de ingeniero topógrafo, recientemente creada, de la que fue el único en graduarse del primer curso y tuvo que ser clausurada. Don Miguel pudo volver a elegir carrera, pero mostró determinación al pedir al ingeniero Francisco Leónides Mier que fuera su profesor personal hasta terminar sus estudios, ofreciéndose a cambio a ser su ayudante. Bajo esta modalidad se graduó como Ingeniero Topógrafo en 1871.

31. Arnulfo Martínez y alumnos de la Academia Normalista Generación

Su elección profesional mostró la vocación científica de don Miguel, por encima de las “artes liberales”. Esto lo llevó a ser uno de los pocos ingenieros del norte de México, además de un profesor versado en asignaturas científicas como ingeniería, geografía y matemáticas. Como pintor decoró el Palacio de Gobierno y diversos negocios, y como ingeniero diseñó diversos edificios escolares, pavimentó calles, trazó edificios como el Palacio Municipal y embelleció a la ciudad al trazar la Plaza Hidalgo, el monumento a Porfirio Díaz y el Monumento histórico, geográfico, estadístico y meteorológico, mejor conocido como Dios Bola, frente al Colegio Civil.

Al margen de esto debo decir que un aspecto particular que noté en el archivo de Miguel F. Martínez, fue el buen equilibrio que tuvo entre su profesión y vida personal-familiar. Pocos hombres que tuvieron una trayectoria como la suya lograron hacer y mantener una familia y un hogar. Incluso dio tiempo a su faceta de músico, pues desde los 13 años interpretó el flautín y la flauta transversal en distintas orquestas, y fue escritor fecundo en periódicos que él mismo fundó como El Jazmín y el Semanario Flores y Frutos (1879).

En sus memorias, la parte familiar es más grande que su obra profesional, apareciendo referencias a sus padres, hermanos, y sobre todo la que fue compañera de su vida desde 1875, doña Josefa Rendón, con quien tuvo cinco hijos: Arnulfo, Miguel, Antonio, Ignacio y Josefa.

LA FUNCIÓN DOCENTE

Creo que, desde niño, Miguel F. Martínez fue consciente de que la educación le abriría puertas que la sociedad le cerraba por su condición social, y por ello fue tan persistente en culminar sus estudios. Pero no solo eso, sino que tuvo el propósito de darle a otros la misma oportunidad. Un episodio de las memorias de don Miguel nos describe cómo se entendía en ese entonces la educación pública y el orden social:

Recibí la primera visita del regidor del Ayuntamiento encargado de las escuelas y tuve la dolorosa sorpresa de observar el disgusto que le causó que yo agregara a la enseñanza generalmente dada en las escuelas públicas, las materias de geometría y geografía; alegando que ese tiempo que destinaba a dichas enseñanzas debía consagrarlo a que la mayoría de los alumnos de la escuela aprendieran a leer, escribir y practicar las cuatro operaciones de la aritmética. Me ordenó terminantemente que suspendiera aquella enseñanza, porque, entre otras cosas, despertaba en los niños pobres el deseo de ilustrarse, cosa que los desviaba de su destino de hombres de trabajo y ´no faltaba más, añadió, que dentro de algunos años, tenga yo que llamar compañero al hijo de mi zapatero.

Oponiéndose a las ideas de su época y nadando contracorriente, Miguel fue un profesor disruptivo, rebelde, transformador. En principio dio clases gratuitas a obreros y gente de escasos recursos, pero algunos no tenían la disciplina para seguir estudiando o no respondían a estos esfuerzos, por lo tanto, don Miguel explica: “con la generación presente no se podía hacer nada de provecho y me resolví a dirigir mis trabajos a favor de la niñez pobre”.

En este sentido, Martínez fue uno de los primeros profesores que fomentaron la movilidad social a través de la educación pública, pues para él educar no era solamente enseñar conocimientos, sino darles a los hijos del pueblo, que carecían de capital económico, las herramientas para construirse un capital cultural y asegurarse un mejor porvenir. Luchó por un México en donde el destino de una persona no se definiera por su condición económica, sino por esfuerzo intelectual.

5. Miguel F. Martínez y tres de sus hijos

En sus propias memorias, Martínez asegura que en la época solo tendría dos opciones para ascender socialmente: la iglesia y el ejército, y de hecho tuvo ambas a la mano, pero las revoluciones liberales destruyeron ese orden más bien colonial e impusieron una más laico. Al lema nacional “orden y progreso” y a la fórmula local de “trabajo y ahorro”, don Miguel le agregó un gran faltante: “educación”. Educación para progresar, educación para desempeñar trabajos que eran destinados solo a los privilegiados; su ideal era darles a los jóvenes un libro en lugar de un fusil, e iniciar una guerra contra la ignorancia, una revolución cultural que beneficiara a los mexicanos, el inicio de la batalla por la educación pública.

Miguel F. Martínez hizo una trayectoria docente de 50 años, comenzando desde los 18 años como maestro auxiliar del profesor Serafín Peña, con quien compartió una gran amistad. Ser maestro en esta época era sumamente ingrato: el sueldo, cuando llegaba, servía apenas para sobrevivir, y no había contratos, expectativas de ganar más, jubilaciones ni prestaciones; las escuelas abrían y cerraban constantemente, pudiendo quedar años enteros abandonadas; los edificios eran pequeños, sin luz, agua potable, baños o entrada de aire, con piso de tierra y algunas veces sin techo; los niños debían llevar sus propias sillas, nadie tenía dinero podía comprar libros y los materiales para las clases los tenía que hacer el propio maestro con lo que tuviera a la mano.

Sin embargo, al maestro se le exigía dar clase la mitad del día, generalmente habiendo un solo maestro por escuela para todos los grados; visitar los hogares de los estudiantes de vez en cuando, estar disponible para los padres de familia, preparar su clase por las tardes, organizar y participar en eventos de la comunidad, ser un ejemplo moral, y vestir todos los días formal, incluso con sombrero. Según Martínez, el maestro debía tener vocación, pero la vocación docente, bien entendida, era tener la voluntad de servir a tu nación a través de iluminarla con la educación y mantener la dignidad al hacerlo, es decir, ser abnegado pero percibir un sueldo suficiente para llevar una vida adecuada.

Para ese momento, 1868, se estimaba que el 90% de la población mexicana era analfabeta, por lo que los maestros eran una urgente necesidad social. A pesar de ganar más como Ingeniero, la vocación del joven fue muy clara, y dos años después comenzó a trabajar como maestro, dirigiendo la Escuela Elemental No. 2 de Monterrey.

Posteriormente ocupó otros puestos en la Escuela Pública de Niños de Lampazos (1877), catedrático de geografía, cosmografía y cronología en el Colegio Civil (1885), profesor de pedagogía en la Normal de Profesores de Monterrey (1899) y catedrático del Colegio Civil en 1915. Como profesor transformó la forma individual de dar clases por la grupal, eliminó viejas costumbres sin sentido pedagógico, evitó las repeticiones y rutinas añejas y estableció métodos modernos, introdujo los programas escolares, estableció objetivos integrales: cultura física, intelectual y moral; y agregó conocimientos científicos a los planes de estudios; eliminó además los golpes con la palmeta, a veces brutales, que les daban a los alumnos en las manos, quitando ese dicho de “la letra con sangre entra”.

Sin embargo, su faceta más trascendente fue como directivo y reformador. Agudo en su perspectiva y conocedor de los avances pedagógicos más avanzados, Miguel supo tempranamente que la educación en México era arcaica y obsoleta, por lo que era necesario realizar importantes cambios estructurales que le permitieran actualizarse y mejorar. En este sentido fue uno de los pedagogos más brillantes que tuvo el país durante el siglo XIX.

Entre sus cargos estuvieron: Director de la Escuela Pública de Lampazos (1877); Regidor comisionado de Instrucción Primaria de Monterrey (1880); Director de la Escuela Normal de Monterrey (1881); Director de la Escuela Normal y del Establecimiento Oficial de Niños de Nuevo León (1885); Director de la Escuela Normal de Profesores de Nuevo León y Secretario del Consejo de Instrucción Pública de Nuevo León (1892); Director de la Escuela Profesional para Señoritas (1896); Director del Colegio Civil de Nuevo León (1900); Director de la Academia Profesional para Señoritas de Monterrey (1915); y Director de la Escuela Normal de Profesores de Nuevo León (1915).

12. Don Miguel F. Martínez con familia

En cada uno de estos puestos implementó medidas de vanguardia pedagógica e innovaciones que lo hicieron destacar, a tal grado que localmente lo recomendaban el gobernador nuevoleonés Bernardo Reyes, y a nivel nacional el propio Justo Sierra lo invitó a tomar un lugar en la dirección de enseñanza primaria.

 Su obra reformadora incluyó el impulso a tres temas: mejorar la preparación pedagógica de los maestros, contar con mejores planteles educativos y optimizar los planes de estudio para que los alumnos tuvieran una preparación amplia. La necesidad urgente de maestros hacía que los jóvenes estuvieran al frente de las aulas apenas culminaban la preparatoria. Miguel F. Martínez insistió en que la formación docente era la piedra angular para lograr una educación pública de calidad. Desde su punto de vista, el profesor no era un repetidor de conocimientos, sino un educador, alguien no solo debía saber sus asignaturas, sino saber enseñarlas a los alumnos, que privilegiara la formación sobre la información.

Para ello, en 1886 propuso que los profesores tuvieran más y mejores clases de pedagogía, aunque para ello su formación profesional aumentara de dos a cuatro años. Gracias a estas reformas surgieron las primeras generaciones de maestros formados con los más altos y vanguardistas elementos pedagógicos, transformando el magisterio en forma trascendente.

A la par, don Miguel luchó por la dignificación de las escuelas y de la profesión docente, gestionando que el gobierno destinara presupuestos constantes para pagar sueldos e inversión en los planteles. Martínez participó en las iniciativas ante el Congreso nacional para establecer que el gobierno atendiera con recursos la instrucción primaria, secundaria e incluso técnica. Esto incluiría la mejora de los planteles educativos, que debían contar con espacios y materiales suficientes, y un sueldo significativo para los profesores, quienes se consagraban por completo a la enseñanza. Se estableció con ello el punto de partida de las prestaciones y compensaciones que distinguieron al magisterio mexicano durante el siglo XX, y que lamentablemente se ha ido desfigurando.

LA CIUDAD DE MÉXICO

Por su intensa actividad a favor de la educación pública, se comisionó a don Miguel para que representara a Nuevo León en las reuniones nacionales en las que se debatía la estructura que tomaría la educación pública en las siguientes décadas. En 1889, Martínez participó en el Primer Congreso Nacional de Instrucción Pública, en la Ciudad de México, formando parte de la Comisión dictaminadora. En 1891 presentó al Congreso del Estado de Nuevo León una iniciativa de Reforma General en las Leyes de Instrucción, para unificar los programas y métodos de enseñanza con los actuales adelantos de la educación. La iniciativa se aprobó el mismo año.

         Desde su punto de vista, la educación primaria, secundaria, técnica y profesional requerían una reforma profunda que actualizara sus objetivos, metodologías, espacios, contenidos, programas y elementos pedagógicos. Para hacerlo era indispensable establecer proyectos nacionales que se llevaran a cabo simultáneamente en todo el país de manera uniforme.

         La obra reformista de Martínez llamó la atención de sus colegas de otros estados, quienes lo invitaban a compartir sus experiencias y puntos de vista. De igual forma, sus atinadas participaciones en los congresos nacionales le dieron fama de propositivo, innovador y comprometido con la educación. No fue sorpresa, por lo tanto, que en 1901 Justo Sierra lo designara Director General de Instrucción Primaria del Distrito Federal y Territorios de la República, lo cual fue aprobado por el presidente Porfirio Díaz, e incluso el gobernador Bernardo Reyes tuvo que intervenir para convencer a Martínez de aceptar el cargo, pues temían que no quisiera separarse del terruño.

         Sin embargo, don Miguel aceptó el reto y se instaló en la capital durante 14 años que fueron de gran dificultad para él y su familia. Afrontar una ciudad que era muchas veces más grande que la suya, y que tenía una dinámica muy distinta, no fue fácil. Fue complicado tolerar las envidias y zancadillas de quienes no vieron con buenos ojos que un “provinciano” llegara a la Ciudad de México a enseñarles sobre el oficio y que tuviera un puesto de tanta dignidad. Incluso tuvo que sortear que un maestro, afectado de sus capacidades mentales, lo intentara asesinar a punta de pistola en plena calle, atentado del que salió ileso.

La obra de don Miguel en la capital puso en alto el nombre de Monterrey, pues antes de que la ciudad se caracterizara por vender productos de calidad, dio muestras de poder exportar talento, hombres de valor cultural.

Martínez desempeñó una gestión admirable y fue promovido para ocupar otros puestos como Jefe de la Sección Universitaria del Ministerio de Instrucción Pública (1911); Director de la Escuela Normal Nacional (1911) y Secretario de Instrucción Primaria (1914). En este periodo redactó una Ley para organizar la enseñanza técnica superior y un proyecto de Reformas a la educación primaria; estableció la Asociación Nacional del Magisterio, e introdujo las fiestas escolares, que fueron todo un éxito en la capital y se mandaron establecer en los diferentes estados de la República.

Don Miguel fue también Senador por la Legislatura de Durango (1902); participó en la Ley Constitutiva de la Universidad Nacional (1910); encabezó el Primer Congreso Científico Mexicano (1912), formó bibliotecas y participó en Círculos de obreros. En suma, tomó con rapidez un lugar en las más altas esferas de la vida cultural y educativa del país. Sin embargo, los vaivenes gubernamentales provocados por la Revolución Mexicana afectaron la posición de don Miguel, por lo que decidió volver a Monterrey en 1915, donde pasaría los últimos cuatro años de su vida.

 SUS ÚLTIMOS AÑOS

7. Miguel F. Martínez, retrato

En su terruño fue bien recibido por las autoridades educativas, quienes le encomendaron de inmediato dirigir la Academia Profesional para Señoritas y la Escuela Normal de Profesores, siendo posteriormente comisionado Consejero, Inspector pedagógico y catedrático del Colegio Civil.

Al final de su vida le tocó presenciar el justo reconocimiento que el gobierno hizo a los profesores, pues a inicios de 1918 se declaró que el 15 de mayo se celebraría el Día del Maestro a nivel nacional. La lucha de don Miguel por dignificar la labor de los docentes parecía recompensada, y más cuando por sus notables aportaciones al rubro, recibió el mismo año de 1918 el nombramiento de Benemérito de la Educación de Nuevo León, siendo la primera persona en recibir dicho título.

Al respecto, comentó don Miguel: “¡Dichosos tiempos éstos, en que se concede a los maestros los mismos honores que antes se daban solamente a los guerreros y a los políticos”. Finalmente, en 1919, un año después del fallecimiento de su esposa, Miguel F. Martínez culminó su vida en la tierra que lo vio nacer. Su legado, sin embargo, permaneció enraizado en la historia de la pedagogía nacional, y especialmente en la obra educativa de Nuevo León.

Hoy, casi cien años después, su archivo personal podrá ser conocido e investigado en el Centro Eugenio Garza Sada, gracias a que sus descendientes quisieron dejarlo estar como su dueño hubiera querido: cerca de su Monterrey querido.

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2 comentarios en “Miguel F. Martínez, un transformador de época | César Salinas”

  1. Excelente artículo, maestro, aunque me gustó más el video porque creo que agregó más cosas durante el evento, y siempre es mejor escucharlo de voz del autor, muchas felicidades y siga compartiendo estos conocimientos que se necesitan, felicidades

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