Ignacio Santos ¿Cómo se hizo empresario? | Ignacio Santos

Imagen1Quiere usted que le informe cómo gané yo el primer peso, es decir, la forma como me inicié en la lucha por la vida y en la actividad de los negocios. Como me sería difícil contestar esas preguntas únicamente por lo que a mí se refiere, puesto que mis actividades desde hace muchos años – casi desde la infancia – han estado estrechamente ligadas a las de mis hermanos Manuel y Alberto, para ser exacto voy a necesitar referirme también a ellos, lo que puedo hacer, puesto que como hermano mayor, conozco sus actividades desde la niñez.

Sólo por principio de orden comenzaré por platicarle respecto de mí. Salí de Bustamante en 1905, a los trece años de edad, después de cursar la instrucción primaria, para ir a Nuevo Laredo en donde bondadosamente y con el fin de ayudarme, me dio trabajo mi tío Don Aurelio González. Con él y su hermano, mi tío Don Ramón, que formaban la sociedad R. González y Hno., trabajé mis primeros años, al principio como meritorio – dependiente en su comercio de abarrotes.

Después laboré por varios años en la fábrica de dulces que se llamó LAREDO CANDY COMPANY, y fue en esta industria en donde cobré mi primera raya de seis pesos a la semana. Ahí aprendí el oficio de dulcero, abarcando la línea completa de dulcería americana, desde caramelos, cremas, jaleas, artículos cubiertos, hasta chocolates, puesto que trabajé como ayudante de varios maestros del ramo, habiéndome servido mucho las nociones del  inglés que aprendí en Bustamante.

Clausurado ese negocio, establecí en Nuevo Laredo, por mi cuenta y en unión del finado Don Gregorio López, una pequeña industria de dulces y chicles, en la cual, después de algún tiempo, obtuve regular éxito, pero estando yo todavía muy joven y faltándome suficientes recursos para ampliar el negocio, resolvimos liquidarlo.

Después mis padres mi insinuaron la conveniencia de estudiar la carrera comercial, y al efecto me mandaron a Monterrey, donde estuve un año en la Academia Zaragoza que dirigía Don Anastasio A. Treviño Martínez, el querido maestro de inolvidable memoria para mí y para muchos de sus discípulos. Ahí aprendí Teneduría de Libros y Taquigrafía. Como sucede a la mayor parte de los jóvenes recién salidos de los colegios, aun con sus títulos que justifican haber terminado la carrera comercial, batallé para encontrar una buena colocación.

Recuerdo que trabajé como dependiente de un pequeño comercio de abarrotes que había en Monterrey por la calle de Guerrero al norte, con el nombre de “MONTEVIDEO”, del cual eran mis parientes los propietarios, señores Teodoro Días y Guadalupe Villarreal. En aquel tiempo se acostumbraba trabajar desde muy temprano para preparar el mandado, es decir, los alcatraces de arroz, garbanzo, azúcar, etc. Se trabajaba hasta la noche, se dormía en el mismo establecimiento y sólo se salía de paseo al centro cada quince días.

De ahí  con ayuda de D. Guadalupe Villarreal, pasé como tomador de tiempo de noche, ayudante  de rayador en la American Smelthing and Reafining Company. Entraba al trabajo a las siete de la tarde para salir a las cinco de la mañana del día siguiente, dedicándome a visitar durante la noche cada uno de los Departamentos para tomar el tiempo de cada obrero en presencia de los Mayordomos.

Trabajaban entonces cerca de 1,500 hombres en los diferentes Departamentos de la gran planta; más como las desveladas, que era de toda la noche, perjudicaban mi salud, antes del año tuve que abandonar el empleo, sintiéndolo mucho porque me parecía muy bien remunerado. Ganaba $100.00 al mes. Ahí hice algunas economías y con el fin aprender inglés me fui a San Antonio, Texas, en donde batallé mucho para conseguir colocación. Trabajé como dependiente en algunos pequeños comercios con jornal muy bajo, de cuatro a cinco dólares por semana, que apenas me bastaban para pagar mi alimentación y el cuarto.

Habiendo visitado una de las fábricas de dulces de aquel lugar, la BEE CANDY AND CO., industria que conocía, logré encontrar trabajo y ahí permanecí por varios meses, pero viendo que aunque la remuneración era buena, pues ganaba doce dólares a la semana, el ambiente no era propicio para desarrollar, ni siquiera para aprender inglés, que era mi mayor deseo, resolví regresar a Laredo y ahí solicité trabajo con los Sres. González, pero como de momento no tenían ninguno que ofrecerme en la oficina, acepté trabajar como mozo-empacador de harinas en el Molino de Trigo que habían establecido en Nuevo Laredo.

En la primera oportunidad me dieron trabajo en la oficina, en donde presté servicios por varios años, habiendo comenzado como simple “office boy”, después como ayudante corresponsal, una corta temporada como viajero y finalmente como Contador.

Cuando las industrias de los Sres. González fueron destruidas por las tropas federales que incendiaron Nuevo Laredo durante la Revolución Mexicana, en 1914 pasé a trabajar a Laredo, Texas, donde los mismos Sres. González establecieron un negocio de abarrotes al por mayor para vender principalmente a la clientela de México. En esta ocupación trabajé por espacio de tres años. En 1917, habiéndole manifestado a mis tíos que deseaba dejar de ser empleado y probar fortuna por mi propia cuenta en el comercio, en la forma que pudiera, me separé de ellos amistosamente y vine a Monterrey.

Me establecí en esta ciudad con mi primo, el finado Don Emilio G. Gutiérrez, con quién duré asociado dos años, habiendo tenido regular éxito, pues en ese tiempo casi toda la mercancía que se traía a Monterrey se vendía con facilidad y a buen precio, especialmente el maíz, harina, manteca, frijol, tabaco, etc. Durante ese tiempo los Sres. González nos ayudaron ampliamente con su crédito, pues nos enviaban la mercancía para la venta en comisión que el Sr. Gutiérrez y yo nos encargábamos  de realizar y en ello teníamos un buen margen de ganancia.

Posteriormente, los Sres. González resolvieron establecer su negocio en Monterrey y entonces me arreglé para trabajar de nuevo con ellos, pero ya con el carácter de Gerente y con una regular participación en las utilidades. Durante mi actuación como gerente allá por el año de 1920, logré que mis padres vinieran a radicarse a Monterrey, igual que mis hermanos Manuel y Alberto, quienes liquidaron su negocio de garaje en Laredo, Texas, e ingresaron a trabajar también como empleados en la casa de los Sres. González en Monterrey.

Para el año de 1922 había economizado yo una regular suma, y entonces resolví, de acuerdo con mis hermanos, separarnos definitivamente de los señores González para iniciar negocios por nuestra cuenta.

Pero vuelvo atrás para platicarles respecto a mis hermanos Manuel y Alberto. Siendo ellos menores que yo, permanecieron en Bustamente hasta el año de 1910 en que mis padres tuvieron que abandonar el pueblo por los disturbios de la Revolución Maderista; por lo mismo, tan sólo pudieron recibir ahí creo que hasta cero o cuatro años de instrucción primaria, habiendo pasado a Villaldama donde la familia radicó provisionalmente por cerca de un año.

Como ustedes saben, antes de la revolución de 1910 la vida en los pequeños pueblos era apacible, pero en Bustamante era dura para la gente pobre; se dificultaba mucho conseguir algún pequeño préstamo para trabajar, así que mi padre, Don Ignacio Santos Flores, luchó mucho para sostener su pequeño negocio agrícola y rancho de vino, que apenas le daban lo suficiente para vivir, pero le permitieron mantener siempre su posición independiente, pues jamás tuvo que servir como empleado.

Recuerdo, a propósito de esto, que nuestro padre siempre nos recomendaba que procuráramos no encariñarnos nunca con ningún empleo, que los aceptáramos sólo como medio para abrirnos camino, pero que cuanto antes nos independizáramos para trabajar por nuestra cuenta. Estos consejos se nos grabaron a mis hermanos y a mí, sin duda nos han sido muy útiles en la vida. Pero me estoy desviando un poco de la narración. En esas condiciones de pobreza y estrechez en Bustamante, mis hermanos Manuel y Alberto, desde casi los diez años de edad tuvieron que ayudar a mi padre a trabajar en cuanto pudieron; yo ya para esas fechas trabajaba en Nuevo Laredo.

Uno y otro ganaron su primer peso en el pequeño comercio, es decir, ambos salían a vender por la calle en canastos, frutas, huevos, quesos o cualquier otra cosa que encontraban para negociar. También se encargaban de vender el producto de las huertas de las labores de mi padre, especialmente calabacitas, tomates, melones y elotes de la cosecha. Poco después, habiendo dejado mi padre su principal negocio, el de rancho de vino al que por muchos años se dedicó, estableció en Bustamante una lechería de cabra, y por dos o tres años mis hermanos Manuel y Alberto, principalmente Manuel que es el mayor de los dos, se encargaban del reparto de la leche en Bustamante y Villaldama, primero a lomo de caballo en grandes botes, como se acostumbraba entonces, y después que el negocio dio lo suficiente, en un pequeño carrito de dos ruedas.

Usted puede imaginar lo duro que sería este trabajo, pues para ser repartida la leche había que levantarse diariamente, fuera invierno o verano, a las tres de la mañana, a fin de llegar al pueblo antes de la hora del desayuno. Debo mencionar que mi hermano Manuel, principalmente, tuvo desde niño especial inclinación y carácter muy apropiado para la práctica del comercio, en lo que siempre demostró bastante habilidad, y a veces dentro del mismo pueblo, sabiendo que algunos artículos faltaban a algún comerciante porque escaseaban o subían de precio, los adquiría de uno y los vendía a otro a base de comisión.

En 1914 se trasladaron mis padres a Nuevo Laredo, Alberto ingresó a una escuela oficial de aquella plaza para continuar su instrucción primaria y Manuel, siendo todavía un adolecente, comenzó a trabajar como peón en una fábrica de botes de hoja de lata que surtía a la fábrica de manteca, que ya para entonces habían establecido los Sres. González. Como antes dije, en el año de 1914, al incendiarse Nuevo Laredo, mis padres se vieron obligados a pasar al lado americano; yo continué como empleado de los Señores González, y mi padre, juntamente con Manuel y Alberto, trabajaban donde conseguían colocación, principalmente en las Haciendas circunvecinas, en la pizca de cebolla, producto que desde hace años se cosecha abundantemente en Laredo, Texas.

Ahí trabando a campo abierto, bajo los rayos quemantes del sol y en medio de humildes jornaleros mexicanos, alcanzaban jornales de un dólar a dólar y medio al día. Cuando esos trabajos terminaron, Manuel se empleaba como chofer en carros de sitio o de servicio particular, y al fin encontró colocación en un taller de reparación de automóviles como ayudante y lavador de carros. Alberto, mientras tanto, trabajaba: primero, por unos meses, como voceador de periódicos, y después como ayudante en un cine de aquella población. La vida en ese tiempo era bastante difícil en Laredo, Texas, por los muchos mexicanos que había refugiados con motivo de la Revolución en México, y las colocaciones escasísimas.

Los jornales que se ganaba eran muy raquíticos y apenas bastaba para vivir muy modestamente. Recuerdo que ocupábamos pequeñas casas, sin ningunas comodidades, de una a dos piezas y cocina que rentaban de tres a cuatro dólares al mes. Antes de un año de estar Manuel como mozo en el garaje, aprendió a reparar automóviles, y viendo que ya tenía una regular clientela formada que lo buscaban, resolvió separarse y trabajar por su cuenta, habiendo comprado lo indispensable para reparaciones sencillas.

Comenzó a trabajar primero en un pequeño solar a la sombra de un huizache, después ya rentó un pequeño tejaban y habiéndole ido bien, se asoció con Alberto, estableciendo poco tiempo después un garaje más formal en donde hacían reparaciones. Tenían expendio de gasolina y después consiguieron la agencia para la venta de automóvil “REO”, que manejaron por alguna temporada. En este negocio sostuvieron mis hermanos una ruda lucha. Tanto por lo duro del trabajo como por la falta de recursos para impulsarlo.

Con excepción de uno que otro domingo que de lejos en lejos se tomaban de descanso y se ponían su traje de paisano, siempre andaban vestidos de overol, todos engrasados, hacían trabajos de reparación y personalmente ocurrían a cualquier llamado para hacer alguna compostura, levantar un carro descompuesto o cambiar alguna llanta, es decir no dejaban ir trabajo de 50 centavos para arriba. Para atender mejor el servicio se dividieron el trabajo, haciéndose cargo Manuel principalmente de reparaciones de automóviles y compra-venta, y Alberto, que desde muy joven se significó por su espíritu organizador y carácter tesonero y enérgico, de la oficina de contabilidad y almacén.

No salía cuenta que Alberto no revisara cuidadosamente para cerciorarse de que todos los cargos estaban bien hechos. Como el trabajo en esos negocios es continúo, ambos dormían en el propio garaje y así podían atender llamados a cualquier hora. Antes de venir mi familia a radicarse a Monterrey, y habiendo mejorado algo nuestra situación económica, resolvió mi padre enviar a Alberto para que estudiara la carrera comercial en una academia de Filadelfia, en donde estuvo poco más de un año, y habiendo terminado regresó a Monterrey.

Recuerdo que fue el año de 1922 cuando, juntamente con mis hermanos, resolvimos separarnos de los Sres. González, a fin de realizar de manera más formal la ilusión que siempre habíamos alimentado, de trabajar unidos en sociedad para emprender negocios independientes, por nuestra propia cuenta, lo cual, gracias a Dios, logramos llevar a cabo apoyados en el pequeño capital que yo había logrado economizar en la experiencia que los tres habíamos adquirido ya en la lucha comercial.

Haciéndome ahora algunas reflexiones y comparando entre las condiciones de trabajo que se acostumbraban en aquel tiempo y las que ahora privan, me parece que no obstante las largas horas que entonces se nos hacía trabajar y lo escaso del jornal, la compensación venía porque me parece que el joven se habituaba mejor al trabajo duro, hacía más completo su aprendizaje y los jefes correspondían ayudándolo a formar su carácter.

Yo, personalmente, guardo siempre profunda gratitud a mis tíos González, especialmente a Don Aurelio, quien como dije al principio, desde joven me ayudó, no solamente proporcionándome trabajo, sino también con sus consejos y su amplia experiencia en materia de negocios.

Sinceramente, creo que el éxito que hemos tenido los tres hermanos Santos desde el año de 1922, que como dije antes, fue la fecha en que iniciamos independientemente nuestra vida de negocios, la debemos principalmente, después de a Dios, que siempre ha querido ayudarnos, al carácter que supo formar en nosotros nuestro querido e inolvidable padre, Don Ignacio Santos, quien con su ejemplo y su prédica nos enseño la religión del trabajo y la hombría de bien, y durante su vida tuvo siempre como lema: “honradez y trabajo”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s